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Leyenda de el Cristo de la Calavera2018-11-27T15:53:16+00:00
eneagrama los truecos

El cristo de la calavera

Cuenta la leyenda…

Gustavo Adolfo Bécquer publicó en el periódico El contemporáneo, los días 16 y 17 de julio de 1863, una leyenda con el título de “El Cristo de la Calavera” de clara ambientación toledana, como lo serían otras suyas. El poeta romántico conocía muy bien Toledo y su historia, como nos señala B. Vidal Revuelta.

En el callejero del año 1778 ya se menciona la existencia de una pequeña plazuela de la “Cruz de la Calavera”, cerca de la plaza del Seco y de la cuesta de San Justo. Su nombre procedía de la existencia de una imagen de Cristo crucificado con una calavera a los pies, muy posiblemente de inspiración barroca, que era iluminada por un pequeño farol de aceite.

Esa talla, según J. Porres, probablemente fue mandada retirar por el Ayuntamiento durante la primera guerra carlista, ya entrado el siglo XIX, o bien sufriría daños irreparables con el paso del tiempo, lo que provocó su posterior desaparición. Por su parte J. Moraleda, sitúa su ubicación en la plaza de la Cabeza o de Abdón de Paz, aunque en la fecha en que escribe sus “Cristos…”, es decir en 1916, ya había sido “retirado de su sitio”. Lo interesante del breve texto de Moraleda es que señala que la escultura “era de poco arte” y que un “episodio amoroso descrito por Bécquer de modo notable le dio notoriedad”. No cabe duda de que a lo largo del siglo XIX debió desaparecer esa cruz, que tal vez pudo contemplar Bécquer en sus años de estancia en Toledo. De su existencia da cuenta todavía la toponimia toledana. En el nomenclátor de 1864 aparece una “cuesta de la Calavera”, aunque según J. Porres abarcaba el espacio que en la actualidad se denomina como cuesta del Pez. La cruz del Cristo de la Calavera se encontraba en la calle de ese nombre, una vez pasado el callejón del Toro en dirección hacia la cuesta de San Justo.

El ingenio y la fantasía de Bécquer construyeron una leyenda inspirada en la contemplación de ese crucifijo, en su denominación tradicional, en sus conocimientos de historia toledana y en la atracción que todos los románticos sentían por los sucesos medievales. A su talento, y no a la tradición, hay que atribuir posiblemente el origen de la leyenda del Cristo de la Calavera.

A falta de elementos cronológicos precisos puede situarse hacia 1212, poco antes de la batalla de las Navas de Tolosa, o en 1340, en los días que precedieron a la batalla de las Navas de Tolosa, o en 1340, en los días que precedieron a la batalla del Salado. Al menos así lo expone F. Vidal Revuelta. Cuenta Bécquer que el rey castellano había hecho reunir una campaña contra los musulmanes. El día anterior a la partida del ejército se organizó un sarao de despedida en las dependencias del alcázar real que contó con la asistencia de doña Inés de Tordesillas, la más bella de las damas toledanas, pretendida en amores, a pesar de su carácter altivo y desdeñoso, por Alonso de Carillo y Lope de Sandoval, nobles de idéntico origen y cuna.

Los dos caballeros aprovecharon la presencia de doña Inés en una de las estancias para iniciar una “elegante lucha de frases enamoradas” cada vez más crispada. La dama para evitar que desembocara en una situación conflictiva decidió abandonar la sala en la que se encontraba, pero al levantarse se le cayó uno de los guantes, que fue recogido por ambos jóvenes. Todavía sin haber soltado ninguno de los dos el guante, y mientras se acercaba cada vez más gente a contemplar la disputa, apareció el rey que tomó la prenda de las manos de los caballeros y se la entregó a la joven, no sin advertirla antes que tuviera más cuidado la próxima vez. Pero los enamorados no estaban dispuestos a olvidar el lance.

Concluidos los regocijos, y ya pasada la medianoche, Alonso Carillo y Lope de Sandoval se encontraron para acabar la disputa que el rey había interrumpido. Pero ahora sin público, sin la amada y con armas bien distintas. Buscaron un lugar solitario e iluminado para iniciar su duelo. Tras recorrer diversas calles vieron la luz que desprendía un farol junto a una cruz. En ella había una imagen de Cristo crucificado con una calavera a sus pies. Con la ayuda de la débil luz que despendía un farolillo iniciaron el combate, pero nada más chocar los estoques la llama se apagó. Al dejar la lucha, la luz volvió a recuperarse. Lo mismo ocurrió hasta tres veces. Los nobles, llenos de pavor, y tras escuchar una voz misteriosa, comprendieron que Dios no quería permitir ese combate. Y los jóvenes se abrazaron como los buenos amigos que siempre habían sido.

De común acuerdo, y ya despuntando el alba, decidieron visitar a doña Inés para que fuera ella la que eligiera de entre los dos al que debía ocupar su corazón. Pero cual no fue su sorpresa cuando vieron descender del balcón de la dama a otro caballero, su amante. Los dos jóvenes rieron a placer al comprender cuán cerca habían estado de la desgracia y de la muerte por un amor no correspondido. Esa misma mañana los dos amigos desfilaron junto con las tropas que acompañaban al rey hacía la victoria. Inés de Tordesillas al verles percibió en sus rostros que conocían su secreto.

Fuente: Toledo Turismo