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Leyenda de la rosa de la pasión2018-11-27T15:45:12+00:00
eneagrama los truecos

La rosa de la pasión

Cuenta la leyenda…

De Sara, judía toledana, se cuenta que era hermosísima. Sus dieciséis años, su extraordinaria belleza y ser huérfana de madre, hacían que su padre extremase su cuidado y vigilancia.

Daniel se llamaba el padre. Era artesano engastador de piedras preciosas, arreglador de guarniciones rotas, componedor de cadenas y, en ocasiones, reparador de fayebas, aldabones y un sinfín de útiles, que a fuerza de oficio gozaba del gran favor de vecinos y traficantes, conocedores de su gran habilidad. Influyente en la sociedad local hebrea, a la que pertenecía, entre ellos era muy considerado y respetado; no así por los moradores cristianos de su entorno, que le calificaban de avaro y siniestro, no obstante saberle rico y observarle ceremonioso y sumiso.

Versiones tradicionales llevan la época a períodos correspondientes al siglo XIII o XIV; la leyenda encuadra el domicilio de Daniel y Sara en la Judería Menor, de Toledo, barrio un tanto heterogéneo, pues a él se añadían la parroquia mozárabe de Santa Justa, sus feligreses y también francos y mudéjares. Taller de artesano y vivienda encima, se comunicaban por estrecha escalera de caracol; el titular realizaba sus labores en lóbrego bajo de la casa, avistado su interior por cuantas personas transitaban por la calle, a pesar de la trampilla separadora en horas de luz.

La muchacha padecía vida de reclusión casi continua. Sólo le eran a Sara permitidas excepcionales salidas por necesidades de compras, y ello sin alejarse mucho porque, entre otras razones, tenía a mano numerosos tabucos donde podía adquirir sus objetos deseados cuales cintas, puntillas, agujas, peines y variada especiería; otras veces, sus ausencias obedecían a cumplir determinados encargos del padre.

Con ocasión de estos menesteres, Sara conoció a un joven cristiano, apuesto, honrado y noble de intenciones. Ambos jóvenes llegaron a enamorarse apasionadamente, transcurridos ansiados y espaciados encuentros. El joven empezó a merodear la casa donde vivía la muchacha, la que dentro de su acostumbrado retiro y a través de mínimos huecos de discreta ventana, se daba cita con él para una próxima entrevista.

Judíos que aspiraban a concertar matrimonio con Sara, informaron al padre de la hebrea de las ocultas relaciones mantenida por ésta con el cristiano. De momento, el artesano se resistía a creerlo, pero insistentes murmuraciones que alcanzaron sus oídos y la comprobación que le daba ver a un indeseado frecuentador de su acera elevando la mirada a la ventana del hogar, le convenció de la certeza de cuanto le venían contando.

Fuertemente irritado, se dispuso a impedir tan oprobiosa pretensión de pertinaz deambulador. Transcurrían años en que se acusaba extrema intolerancia entre religiones irreconciliables. El hebreo reunió a sus correligionarios y se confabuló con ellos para proceder a la desaparición criminal del osado amador.

En noche de Viernes Santo, inusitado movimiento se produjo a través del río. Cruzando en barco, hubo trasiego de orilla a orilla de hombres velados sus rostros partiendo desde el arenal del Pasaje hasta los límites de las laderas que bajan desde la Peña del Rey Moro. Ascendiendo por ellas en zig-zag, los desconocidos giraron después hacia la izquierda hasta arribar a una explanada, bien identificada al llegar a su fin, por saber que en su pequeña llanura aún se conservaban muestras de un antiguo templo romano. Los noctámbulos caminadores no eran otros que los compañeros, y él mismo, del desasosegado e intransigente judío dispuesto a salvar su honor y el de su raza.

Por algunos indicios, tuvo Sara la sospecha de la trama urdida. Rápidamente corrió para conjurar la inicua intención, y angustiada siguió los pasos de los perversos vengadores. Tomó los servicios del mismo barquero que haría conducido las anteriores travesías, y de él obtuvo informaciones complementarias por palabras a su vez cogidas al vuelo de los primeros transportados. Subiendo el camino por la parte opuesta a la del embarque, encontró a tiempo a su pretendiente, quien, engañado con trabajos ardiles, marchaba al sitio de cita de ignorado martirio y muerte, de lo que se libró gracias a la valerosa disposición de la joven enamorada.

Está continuó al lugar preparado a fin de increpar a su padre por su indigna y reprobable conducta. El viejo Daniel -aspecto de viejo tenia desde bastante tiempo atrás- inesperadamente vio allí a la que de inmediato se le encargó agria y amenazadora. Él, fuera de sí, la respondió con no menor violencia. Más ella, manifiestamente abominó de su padre y de la fe de los reunidos, confesando, además, que había abrazado la de los cristianos.

Tras nuevas imprecaciones y exhortos para que la conversa se retractara de lo declarado, negado esto el progenitor la retiró el nombre de hija y la entregó a sus amigos para que en ella se consumara el sacrificio que inútilmente estaba preparado para el novio cristiano. Lleno de ira el judío Daniel, cogió y tiró de la cabellera de su hija Sara para ofrecerla en holocausto.

El irreductible artesano estaba altamente exaltado; demoníacos, se complació del desamparo de Sara, y pidió a los verdugos obedientes al Talmud que obrasen con ella lo que siglos antes los antepasados hicieron con Jesús nazareno. Fue crucificada cubierta cabeza con corona de espinas, y, para mayor crueldad, quemada agonizante sobre fogata encendida a sus pies.

Pasados los años, un pastor encontró en el punto del sacrificio una extraña flor, inscritos en sus pétalos los signos del llevado a cabo en Jesucristo. La flor, una rara rosa, fue presentada al Arzobispo regidor de la Archidiócesis, y éste mandó excavar el terreno donde se extrajo, a fin de descubrir el misterio de la planta aparecida. Ahondando, hallaron unos restos, estimados sin discusión pertenecientes a la yacente Sara.

Dieron traslado a los huesos de la hebrea conversa al hoy desaparecido santuario de San Pedro el Verde, sagrado recinto del nuevo enterramiento.

La flor fue denominada desde entonces, y cada una de las de su género,”rosa de pasión”.

Fuente: Toledo Turismo