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Leyenda El Cristo de las cuchilladas2018-11-27T10:46:26+00:00
eneagrama los truecos

El Cristo de las cuchilladas

Cuenta la leyenda…

Corría el desdichado y turbulento reinado de Enrique IV, llamado el Impotente, más por su desacierto y desgobierno que por su supuesta incapacidad para engendrar herederos de la Corona. Castilla arde en constantes luchas entre las distintas familias nobiliarias que se disputan el poder que un rey débil y voluble no sabe ejercer. En Toledo, esta puja de cristianos nuevos o conversos, y la de los Ayala, adalides de los cristianos viejos. La lucha, inevitablemente, estalla y se concentra en torno a la Catedral, cuyos muros quedan salpicados por la sangre de los contendientes.

En una casona del cercano barrio de San Justo, espera una dama junto a la celosía de su habitación. Isabel, nerviosa, aguarda la llegada de su prometido don Diego de Ayala que esta noche acudirá a su lado, aprovechando una corta tregua en los combates. De pronto oye pisadas y ruidos en el portón de entrada a la casa. Alborozada corre pensando encontrar el cálido pecho de Diego pero, al abrir la puerta, unos brazos férreos la sujetan y una mano tosca cubre su boca, ahogando un grito de auxilio y desesperación.

Ajeno a estos acontecimientos, Diego de Ayala atraviesa la plaza de San Justo. Se siente cansado después de la incesante lucha de los últimos días, pero la idea de ver a su querida Isabel de nuevo le proporciona renovadas energías, y ese pensamiento le reconforta al inclinarse ante el rincón que ocupa la figura del Cristo de la Misericordia y santiguarse devotamente. Al incorporarse para seguir su camino, cree oír unos gritos apagados. Azorado, da unos pasos hacia la calle donde vive su amada cuando se da, casi de bruces, con un grupo de enmascarados que doblan la esquina arrastrando a una mujer amordazada que se debate por liberarse de sus raptores.

Indignado y furibundo, Diego desenvaina la espada en defensa de aquella doncella tan vilmente maltratada. Con un certero golpe del pomo de su espada derriba a uno de los sicarios y recata a la dama. Mas, ¡sorpresa la suya! al cogerla por el talle y mirar sus ojos, reconoce la verdadera identidad de la secuestrada. ¡Isabel, su prometida!.

Experto espadachín, se enfrenta Diego, en combate desigual, con aquellos miserables, pero estos, rondando la docena, son demasiado numerosos y le obligan a retroceder sujetando contra sí el cuerpo tembloroso de Isabel. En un intento por abrir las filas enemigas, lanza el caballero un diestro mandoble y logra herir a un adversario, y al caer éste, descubre el rostro del jefe que manda el grupo y que se agazapa cobardemente tras sus sicarios. El de Ayala reconoce los ojos malignos y la sonrisa irónica de Lope de Silva, su más encarnizado rival y que en otros tiempos fue pretendiente de Isabel, siendo rechazado por ésta. Él es el promotor de toda esta infamia, de tan ruin venganza. Desfallecido, Diego baja la guardia un instante, y, entonces nota el frío acero desgarrar sus carnes.

Herido, al límite de su resistencia, apoya sus espaldas en la rinconada de la iglesia de San Justo. Al alzar los ojos, ve, sobre sus cabezas, la figura del Cristo de la Misericordia, alumbrado por una humilde lamparilla y, mientras escucha los ahogados gemidos de su prometida, encomienda sus plegarias al Cielo.

– ¡Dios mío! No por mí, sino por ella. Haz conmigo tu voluntad, Señor, pero salva su vida y honor.

Y en ese supremo momento, abriéronse los muros en un protector abrazo que engulló a don Diego y a Isabel al interior del templo, cerrándose a continuación como si una fuerza fantasmal y poderosa hubiera actuado, invisible a los ojos mortales, en la negrura de la noche. Las piedras al cerrarse también dejaron un muro de silencio y a los secuaces de don Lope inmovilizados como estatuas de hielo blandiendo sus espadas. Pero tan sólo fue un momento de estupor. Aún atónitos y enrabietados, los sicarios descargaron su frustración arremetiendo a tajos y cuchilladas contra las venerables y piadosas piedras. Cegados por el odio dejaron allí la marcha indeleble de sus estocadas y entonces tronó la voz enfurecida de Lope de Silva:

– ¡A la iglesia, allí están! ¡Echad abajo la puerta y acabad con ese maldito don Diego para vengar la sangre de nuestros caídos!

Subiendo en tropel cual jauría cargaron con saña contra las puertas del templo y cedido hubieran éstas si un nuevo hecho sobrenatural no hubiera acontecido. De repente, sin que mano humana las accionase, comenzaron las campanas de la iglesia a tocar a rebato rasgando el silencio nocturno. En pocos instantes se iluminaron todas las ventanas del barrio y salieron de sus casas numerosos vecinos alarmados por el súbito estruendo. Así que vio aquel torrente de gentes armadas que se consagraban en la plaza, dio por perdido su objetivo don Lope de Silva y, con sus esbirros, emprendió tan rápida huida como sus trémulas piernas le permitieron.

Llegados los vecinos al interior del templo, encontraron a Isabel con el rostro bañado en lágrimas, mientras vendaba las heridas de Diego con tiras de tela arrancadas de su camisa. Las campanas seguían doblando con furia y nadie las hacía sonar.

De poco le sirvió a don Lope su apresurada huida, pues poco tiempo después, pacificada ya la ciudad y derrotada su facción, fue apresado y ajusticiado en pago a sus desmanes. Dos meses han pasado y Diego se encuentra de nuevo en el interior del templo en cuyos muros estuvo a punto de acabar su existencia.

Arrodillado frente al altar sus labios no dejan de desgranar rezos y oraciones de agradecimiento a quien él sabe que fue su salvador aquella dramática noche: el Cristo de la Misericordia o, como ya comienzan a llamarle los toledanos, el Cristo de las Cuchilladas. Y a su lado, también arrodillada y orando está Isabel. Su belleza, suavidad y dulzura resplandecen en su inmaculado traje de novia, mientras esperan ambos el momento de unir sus vidas y destinos para siempre.

Fuente: Toledo Turismo